Descripción
John Profumo murió el 9 de marzo de 2006 de forma tan discreta como vivió los últimos cuarenta años de su vida, desde que en 1963 tuvo que dimitir de su cargo de ministro de Defensa de Gran Bretaña. Aristócrata de nacimiento y parlamentario del Partido Conservador desde 1940, Profumo era un político que apuntaba a los más altos destinos hasta que tuvo que abandonar la vida pública. Su retiro no estuvo marcado por mala gestión, por corrupción o decisiones erróneas en su departamento, sino por mentir; John Profumo negó al Parlamento una cosa que era cierta: que había mantenido relaciones sexuales con una prostituta de lujo que, entre su distinguida clientela, contaba también al agregado naval de la Embajada de la Unión Soviética.
La brillante carrera de John Profumo se vio truncada por una mentira que quería encubrir un escándalo sexual. Lo que tumbó la trayectoria de Douglas Stringfellow fue lo contrario: el conocer que su currículum estaba fundamentado en un colosal engaño. Este hombre alcanzó un alto cargo en el Partido Republicano de Estados Unidos gracias a la reputación que le daba el haber sido un titán en la Segunda Guerra Mundial; un tipo que se fugó del campo de concentración de Berger Belsen tras ser torturado por los nazis hasta dejarle sumido en una silla de ruedas. En 1954, el Partido Demócrata demostró que jamás había sido agente de la inteligencia de los Estados Unidos, que no estuvo en manos de los alemanes y que además incluso podía caminar.
Lo que terminó con las trayectorias de Profumo y Stringfellow no fueron sus ideas políticas; no fue que uno se diera un desahogo sexual y el otro quisiera darse importancia: fue que ambos fueron cazados contando su historia como si fueran Pinocho. Curioso fenómeno este de la mentira, que afecta a todos los ámbitos de la existencia. La vida cotidiana está salpicada de falacias, de las que no se salvan ni las noticias de hoy, que son la actualidad, ni las del ayer, que constituyen la historia. Las biografías de los personajes más trascendentes están salpicadas de leyendas, propaganda e imaginación con las que se rellenan los huecos que deja el conocimiento.
Eso ocurre incluso con los hombres y mujeres que más han influido en la civilización, pues pocos datos conocemos de la auténtica personalidad de Aníbal; el Jesús de la historia no se nos ha revelado por completo y Maquiavelo ha sido tergiversado a conciencia. Nuestros orígenes y devenir incluso han sido manipulados por razones de búsqueda de la popularidad, de propaganda o, simplemente, de lucro económico. En 1912, en Inglaterra, se presentó un cráneo que se definió como «el eslabón perdido» entre el hombre y el mono: la piedra filosofal que resolvía el enigma de la evolución.
Este ancestro nuestro fue bautizado como «El hombre de Piltdown», y hasta 1936 no se descubrió que era simplemente la cabeza de un orangután modificada para simular que era mucho más pariente nuestro de lo que ya lo es. Fue un crimen perfecto contra la inteligencia: hoy en día aún no se sabe quién fue el autor de tan monumental enredo. Ya en nuestros tiempos, un individuo llamado Oded Golan hizo circular por Israel una tabla que permitía verificar la existencia, e incluso localizar, el Templo de Salomón.
Tras dos años de pesquisas, se reveló que se trataba de una artística falsificación y el émulo de Indiana Jones acabó detenido. Y es que la historia es un organismo vivo que es atacado con mucha frecuencia por el virus de la mentira. Pero es una dolencia que es bueno conocer, y para empezar a tratar las mentiras de la historia lo mejor es acudir a la bibliografía, a definir el microbio en sí y sus síntomas.
Así que me fui a mi librería habitual, un establecimiento amplio y luminoso, donde los libros son tratados con cariño y no simplemente amontonados, y pregunté a la persona que normalmente me auxilia en la búsqueda de títulos: ¿Tenéis algún libro que hable de la mentira? Inquirí con cierto pudor, como si pidiera una película pornográfica y me fueran a espetar «aquí no tenemos cosas de esas: tendrás que buscar en otro sitio».
Pero la respuesta me quitó un peso de encima, pues fue como si solicitara cualquier otro tema de lectura. Sí, sube a la sección de Humanidades. Allí me encaminé y el hombre que estaba a cargo del departamento ni pestañeó; no sólo no se sorprendió por mis inquietudes, sino que me sorprendió a mí: Tenemos una historia de la mentira, uno sobre la antropología de la mentira y también otro sobre la psicología de la mentira. Me hice con uno de cada y seguí preguntando: ¿Y sobre la verdad? Con un pequeño gesto de impotencia, el del buen profesional que no puede servir lo que se pide, respondió: Igual, no; sólo sobre aspectos parciales, como la verdad en el derecho (un capítulo dentro de un ensayo sobre las leyes) y otro sobre la importancia de la verdad en la vida pública. Pues sí que empezamos bien. ¿Será que en nuestra sociedad importa más la mentira que la verdad? A juzgar por la cantidad de títulos dedicados a uno u otro tema, parece que sí. Y eso que nuestro sistema se fundamenta, en principio, sobre la trascendencia de la verdad.
Pero a lo mejor esta apreciación no es tan acertada como se puede creer. Veamos. Acudo al diccionario de sinónimos; esa preciosa herramienta que manejan todos los que escriben, desde una enciclopedia a un manual de instrucciones. Bajo la entrada «mentira» se cuentan 104 vocablos para decir lo mismo, algunos tangenciales, pero otros tan floridos o graciosos como «trola», «bola», «añagaza», «trufa», «filfa», «embuste» o «arana». En cambio, el castellano, una lengua tan rica y diversa, sólo tiene 39 palabras equivalentes a «verdad», y algunas relativas a aspectos muy concretos, como «dogma», «prueba» o «legitimidad».
En uno de los libros que me llevo de la librería hallo una frase que podría explicar esta situación: «La verdad sólo es una y las mentiras son infinitas». (Tranquilos, no voy a convertir el libro en una sucesión de citas; para las comprobaciones está la bibliografía). Por lo que parece, la mentira es un problema mucho mayor que la verdad, que merece incluso libros de autoayuda o manuales para detectarla a ella y a sus portadores, los mentirosos. Bromas aparte, mentira con profusión y verdad son conceptos que han ocupado a todos los filósofos importantes que han dejado su impronta desde los griegos a nuestros días.
Algunos, de forma tan categórica como Kant, que defiende que debe decirse la verdad aun a sabiendas de que puede acarrear el sacrificio de un inocente; o san Agustín, que sentencia que mentir equivale a perder la vida eterna y que nunca debe optarse por el engaño, ni siquiera para salvar la vida. Muy bien, llegados a este punto y una vez sabido lo que esgrimen ambos prohombres, que levanten ahora mismo la mano los que no dirían alguna trola para preservar su integridad o para evitar que se llevaran por delante a otro; quién no está dispuesto a empeñar su inmortal alma (una cuestión de fe) en beneficio de su corrupto cuerpo (una cuestión de supervivencia). ¿Ven? Es lo que pasa con los enunciados filosóficos: están bien en teoría, pero no siempre es posible llevarlos a la práctica. Y es que somos humanos.
La filosofía da soluciones muy complicadas e incluso abstrusas para afrontar la definición de la mentira. Hay una cosa en que todos los que la estudian coinciden: la mentira es inherente al ser humano, y mucho más desde que entra en juego el lenguaje, pues entonces ya no solamente se trata de creer en lo que ves, sino en lo que te dicen, tal y como apunta José Antonio Marina. La filosofía es la teoría, pero, en la práctica, los animales que somos nos hemos dotado de unas fórmulas para dirigir y ordenar nuestra compleja sociedad, que son las leyes. En ellas, la mentira viene a ser algo así como el pecado original.
Es por ello que, con distintos ritos según el país, se obligue a jurar, prometer, poner la mano en la Biblia o cualquier otra ceremonia que asegura que el testigo dirá la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Una vez cruzada esta frontera, se da por supuesto que no hay marcha atrás y que difícilmente el que asiste a juicio manchará la impoluta marcha del tribunal y del proceso, cosa que no es que sea siempre cierta: no todos cumplen a rajatabla con este simbolismo. Marie-France Cyr expone cómo durante un juicio contra las industrias del tabaco en Estados Unidos, presidentes y directores generales juraron sobre las Escrituras que no sabían que la nicotina creaba dependencia, cuando ya era público y notorio que a los cigarrillos se le añadían productos para incrementar la adicción.
Introducción
- Libro 1. ¡Qué cosas cuenta el cine!
- Libro 2. ¿Qué sabemos de ellos?
- Libro 3. Esta mentira que me cuentas no es verdad
- Noticias de hoy, mentiras del mañana
Bibliografía
Sobre el autor
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- Título: Viaje por las Mentiras de la Historia Universal
- Autor/es: Santiago Tarín
- Edición: 1ra Edición
- Año de publicación: 2006
- Tipo de archivo: eBook
- Idioma: eBook en Español
- ISBN-10: 8496694569
- ISBN-13: 9788496694569
- Subtema: Divulgación Científica | Historia
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