Existe una clara y significativa diferencia entre construir y hacer arquitectura. Acomodar un tabique sobre otro y disponer de alguna manera la posición de puertas y ventanas (aquello que identificamos como construir) lo puede hacer cualquier persona. De hecho, de esta manera se levanta el porcentaje mayoritario de las casas y edificios que conforman el paisaje urbano en las ciudades. La arquitectura, entendida como un servicio y basada fundamentalmente en el conocimiento de las necesidades de los usuarios, es otra cosa; tiene que ver con el planteamiento de un orden en la disposición compositiva de los elementos volumétricos y de las secuencias espaciales que están implicadas en ella, poniendo en juego cualidades referidas a aspectos como proporciones, escala, ritmo, juegos de claroscuros, equilibrios, contrastes, contextos, colores y texturas, además de los planteamientos constructivos novedosos y maneras de combinar los materiales.
También se consideran el lugar y el clima específicos donde se levanta la obra; lo que se reconoce como arquitectura implica la identificación de valores y símbolos, que pueden ser objetivos o subjetivos, de carácter social, político o cultural. Cuando una obra alcanza la denominación de arquitectura, a partir de los valores y significados que contiene, la gente está dispuesta a reconocerla, valorarla, hacerla suya emocionalmente y viajar miles de kilómetros con el fin de visitar y deleitarse, con las calidades espaciales y vivenciales resultantes de la propuesta arquitectónica, identificando con claridad y reconociendo al autor o autores de la misma. El valor de una obra no está asociado a un tema particular, a un repertorio específico de formas, a su costo, a su tamaño, ni a quién pertenece, o a un uso específico de materiales empleados. Su valor radica en los resultados compositivos, espaciales y formales, ideas y significados sociales, políticos, técnicos y culturales que están vinculados a su especificidad. Así las cosas, los arquitectos están comprometidos, en primera instancia, a construir justamente un sistema de valores que le den razón y sentido a las composiciones de las obras que proyectan. Los arquitectos más reconocidos a lo largo de la historia son aquellos que han sido capaces de construir estas ideas que se convierten en las rutas o guías intelectuales, para que otros las sigan y practiquen, además de que cuentan con un repertorio reconocido de obras que se convierten en referencias que influyen en sus seguidores.
Evidentemente no todos los arquitectos logran construir estos sistemas de ideas, que representen a su tiempo, cultura y generación. Pero siempre está presente el ideal de poder aportar algo al desarrollo de la historia de las ideas arquitectónicas y urbanas, logrando con ello la trascendencia en el tiempo. Como toda actividad humana, el ejercicio de la arquitectura se apoya en la experiencia, en la valoración de los ejemplos significativos previos a las oportunidades nuevas que se presentan para diseñar. De ahí que la responsabilidad de los arquitectos no sólo radica en construir las ideas, realizar los diseños (para luego construirlos) sino también en la necesidad de documentar estas experiencias, para que puedan ser útiles para otras generaciones posteriores. Se trata de dejar constancia de las historias la propia y la de los otros representando un tiempo particular de la experiencia humana a través de la arquitectura.
