La educación de un niño no es tarea fácil, menos aún en una sociedad como la nuestra, donde el éxito se mide por el dinero y las propiedades que la persona consigue acumular a lo largo de su vida. La mayoría de los padres experimentan agobio y temor al pensar en el futuro de sus hijos. Desde el ámbito sanitario, sirviéndose del lema «más vale prevenir», nos recuerdan a diario los peligros que corremos a cada paso y las consecuencias negativas del tabaco, del sedentarismo, del exceso de dulces, de las hamburguesas enormes , etcétera.
Aconsejan consultar con un especialista por casi todos los problemas, y afirman que sólo los profesionales se hallan capacitados para decidir si un niño sigue o no el criterio estadístico de «normalidad», esto es, si piensa, siente, crece y actúa como la mayoría de los niños de su edad. De no ser así, proponen alguna medida de ajuste que lo haga lo más parecido posible a los otros niños, ya que en nuestro modelo social no hay margen para las diferencias evidentes. Todo está concebido y baremado de tal forma que apenas se concede espacio a la creatividad, a un ritmo diferente de desarrollo en determinadas habilidades y a la comunicación espontánea y libre entre los miembros de una familia. Curiosamente, los mismos «especialistas» que contribuyen a crear el miedo en los padres, exigen de ellos que no sean alarmistas y no estén constantemente encima del niño. En otras palabras, primero los incapacitan en su rol paternal y después les exigen que sean padres competentes. Por otra parte, a los niños no se los educa para la responsabilidad y el sentido del deber, sino para «la excelencia»; pero la vida casi nunca es excelente. Todos los títulos y diplomas que un joven pueda conseguir no le servirán en absoluto si no van acompañados de determinados valores y la capacidad para relacionarse con otros de una manera adecuada.
