Murray Jackson tuvo una carrera larga y distinguida como psiquiatra consultor en el hospital Maudsley de Londres y como psicoanalista privado, y fue miembro vitalicio de la ISPS (International Society for Psychological and Social Approaches to Psychosis). Su obra se caracterizó por dedicarse a la comprensión clínica de los adultos con trastornos, muchos de los cuales sufrían las formas más graves de enfermedad psicótica. Por sí misma, esta dedicación al conocimiento no es un rasgo único, pero la forma en que se manifestó en Murray Jackson fue especialmente notable. A lo largo de su vida Murray mantuvo con firmeza la opinión de que los individuos con trastornos psicóticos se esforzaban, a menudo de forma confusa o extravagante, por comunicar información fundamental sobre la naturaleza de los acontecimientos catastróficos que habían dado lugar a la destrucción o pérdida de relaciones vitales con otras personas. Sin esas importantes relaciones la vida había dejado de tener sentido.
Esas «relaciones significativas» se correspondían con personas externas reales, pero también con sus variantes psíquicas internas, capaces de alterar la realidad de formas confusas y tal vez aterradoras. Murray siguió los pasos de, entre otros, Freud, Klein, Bion, Rosenfeld y Rey, y depositó su confianza en áreas de la mente capaces de llevar a cabo razonamientos no psicóticos y receptivas a comentarios e ideas diseñadas para aclarar el significado de los estados psicóticos de confusión, independientemente de su dificultad. Los colegas y adultos que consultaron a Murray recordarán su calidez serena y razonamiento imaginativo y vivaz, y cómo los ponía al servicio de sus exploraciones del trastorno mental con interés, compasión y un sentido de la ironía a través de conversaciones que podían resultar conmovedoras, clarificadoras y poderosamente terapéuticas.
Murray se diferenciaba de sus colegas psiquiatras porque sabía mezclar la especulación sólida e imaginativa, la calidez humana y la comprensión del mundo de los objetos interiores y de la devastación a la que la psicosis lo somete. Era el clínico de los clínicos. El tipo de enfoque clínico que caracterizaba el trabajo de Murray no era «carismático» un término que ha adquirido tonos más bien peyorativos en la actual era de la medicina «basada en la evidencia»: se sustentaba en la aplicación de habilidades intuitivas de un nivel inusualmente elevado. Su intuición se apoyaba en los muchos años de autoanálisis después de formarse en varias técnicas de análisis, filtradas o modificadas por un interés profundo en conceptos y teorías entendidos no como amos, sino como sirvientes de sus esfuerzos por formular ideas significativas. Estas ideas partían de la persona en psicoterapia con Murray, y le permitían alcanzar a él los límites de su propia comprensión imaginativa de forma útil para la persona que lo consultaba.
Para el ojo no educado, las conversaciones con adultos objeto de psicoterapia o psicoanálisis con él podían resultar extrañas, incluso desconcertantes: un examen más detallado revelaba una sensibilidad muy aguda hacia el mundo inconsciente del individuo, sobre el cual Jackson parecía capaz de hablar con una soltura poco habitual y en un lenguaje cotidiano. Se dibujaba una escena conmovedora centrada en dos personas que mantenían una lúcida conversación sobre la experiencia de haber perdido la cordura y el consuelo que ese tipo de diálogo proporcionaba a las personas en terapia a menudo era profundo. He aquí uno de muchos ejemplos que lo ilustran: una chica afectada por un trastorno bipolar declaró, durante la entrevista con Murray, que su único problema era que su psiquiatra estaba loco. Se levantó e informó a Murray de que abandonaba la entrevista y el hospital.
En lugar de dirigirse a la puerta, dudó como si estuviera buscando en su interior una crítica final. Entonces, gritando todo lo que pudo, exclamó «¡se acabó, Dr. Jackson!» y arrojó sobre Murray el contenido de una taza de té que por fortuna estaba tibio. Él se puso de pie, se secó un poco y con expresión totalmente seria respondió: «Creo que tiene usted razón. Se acabó el té». La expresión de la chica se fue suavizando gradualmente, como si no supiera si reír o llorar. Se sentó, confusa, y retomaron la conversación con un tono muy diferente, hablando del miedo que le daba admitir cuán enferma se sentía y cómo se podía entender su necesidad de ubicar en los demás sus sentimientos de locura, indefensión y desesperanza. Además de ser un clínico excelente, Murray Jackson era un defensor de la aplicación de las ideas del psicoanálisis a la práctica de la psiquiatría, la enfermería y las actividades de otros profesionales de la salud mental que tuvieran contacto con personas afectadas por la psicosis.
Jamás renunció a la idea de que todas las personas con un trastorno psicótico se podían beneficiar de una valoración psicoanalítica como parte de su proceso de admisión. Sentía que, si contaban con orientación, supervisión y apoyo adecuados, muchos médicos, profesionales de enfermería y otros profesionales de la salud mental podían convertirse en mejores clínicos gracias a su propia terapia psicoanalítica, con repercusiones positivas en su capacidad de evaluación, diseño de planes terapéuticos y establecimiento de objetivos de tratamiento y curas posteriores. Apoyó la formación de «terapeutas-enfermeros» que aprendieran a afrontar los temores inconscientes de las personas con trastornos mentales.
Creía que, como mínimo los psiquiatras y el personal de enfermería, deberían ser capaces de identificar las ansiedades, las creencias irracionales y los conflictos de las personas, y de hablar sobre ellas en lugar de tratarlas como elementos marginales o, aún peor, residuos. Su actitud frente a la psiquiatría y el psicoanálisis, en todas sus formas, se caracterizaba por una ausencia total de elitismo y una priorización de la creatividad. Murray disfrutó de una vida creativa hasta el mismo día de su muerte. Este libro, editado con gran atención a los detalles por Jeanne Magagna, representa la publicación de la última obra escrita por Murray Jackson. Cada uno de los capítulos profundiza en la naturaleza de la psicosis en cuatro individuos excepcionalmente dotados y no solo revelan la fuente de la que emana su creatividad, sino también la de su autor. Temas como el duelo, la reparación y la necesidad de desarrollar buenos objetos son evidentes en su escritura, como lo fueron en su vida.
