Una de las cosas que más satisfacen cuando uno llega a la edad en que encara la cuenta atrás es comprobar que aprendes de quienes han sido tus alumnos, y te sientas en un pupitre imaginario desde el que lees o escuchas o ves y absorbes lo que cuentas. Óscar Guasch afirma que hay una Escuela de Tarragona de Antropología y quizás sea verdad, puesto que ésta es la impresión que tuve cuando Rosa M. Boixareu me envió hace algunos años la edición catalana de este libro y la leí de un tirón. Confieso que cuando me llegó me sorprendió y la miré, aún sin abrirla, con cierto temor. En un cuarto de siglo de desarrollo de la Antropología Médica en España nadie había osado —y aquí el término remite al valor físico y moral— afrontar la redacción de algo parecido a un manual destinado a un público esencialmente sanitario. Tampoco en lenguas latinas, y lo que han producido los anglófonos no es particularmente satisfactorio, con alguna excepción.

Tampoco nuestros amigos italianos, ni los lusófonos peninsulares o americanos, ni nuestros colegas latinoamericanos han estado nunca por la labor. Como mucho, se tradujo en Brasil el excelente manual de Cecil Helman, 1 pero siempre teníamos claro que esa obra encajaba muy mal en el contexto de la sanidad del sur de Europa o de América Latina. Por eso, el libro de Rosa en catalán es el primer manual de Antropología Médica en lenguas latinas. Me embarqué de una vez en su lectura, pues el lenguaje de Rosa no es el catalán funcional que se enseña en las escuelas, sino que testimonia una calidad literaria y humana muy atractiva.

Quedé completamente atrapado por la originalidad y la honestidad del proyecto y por la brillantez que supone resolver con maestría un tipo de obra siempre compleja, sin renunciar a que sea muy personal. El libro en catalán no tuvo excesiva difusión por el obstáculo idiomático, la modestia del proyecto editorial publicado por una editora institucional y el hecho de que hoy los profesionales de la sanidad no leen como antes, o no leen sino los protocolos que envían las administraciones… Pero, sin duda, el libro ha circulado entre los sectores más conscientes. Ahora la traducción al castellano le permitirá una difusión mayor. Rosa M. Boixareu procede de los estudios bíblicos, no es una teóloga ni una antropóloga de campo.

Me decía, no sin ironía, que ella no era teóloga sino que siempre había trabajado apegada al texto, al documento. Me sorprendió, hace más de una década, cuando acudió a Tarragona como alumna del Máster de Antropología de la Medicina de la URV. Era docente en una escuela de enfermería y de fisioterapia en una universidad de inspiración cristiana, pero nunca entendía la Antropología desde la única vertiente de reflexión filosófica, sino desde una perspectiva mucho más amplia, más compleja, probablemente más relativista y más escéptica, lo cual se corresponde muy bien con ese perfil de análisis textual al que hacía referencia.

Por eso deseaba la formación en Antropología médica que sentía que le faltaba. Vivió como alumna un período fundacional de la Antropología de la medicina en el que confluían en Tarragona tres generaciones de docentes: séniores de la primera generación como Benoist, Bibeau, Menéndez y Seppilli; los de mi generación y los de la suya; sus condiscípulos constituyeron un grupo interesante y pluridisciplinar que posteriormente ha desarrollado carreras importantes en este campo. El libro de Rosa es, por ello una apuesta peculiar —razonablemente personal para un manual— en la que trata con éxito de presentar distintas tradiciones intelectuales, a partir de unos puntos de anclaje transversales en torno a dos polaridades, que no significan oposición sino complementariedad cuando encaran los problemas de salud: la Antropología Filosófica y la Antropología social y cultural.

El lector hará bien en olvidarse de eventuales prejuicios derivados del perfil de la autora. Rosa no cae en la trampa en que cayó Laín Entralgo, quien sesgó la Antropología exclusivamente hacia la filosofía y se desinteresó de los estudios empíricos de la Antropología y de la sociología de su tiempo. Al contrario que Laín, Rosa propone una síntesis, encajes y genealogías.

Por esto su obra no es un libro proselitista sino, al contrario, un libro de muy inteligente diálogo, de establecimiento de puentes, de comunicación entre escuelas, que van del pensamiento católico social al marxismo, pero sin que el conjunto chirríe. No podía ser menos porque los puntos de confluencia son muchos. Rosa, con la humildad que la caracteriza, apuesta por un libro «al servicio de» los lectores, fundamentalmente profesionales sanitarios en formación que necesitan un background teórico para no andar por el mundo sin poder —o querer— entender nada, y sacrifica probablemente, o pone sordina, el ir más allá.

Por eso el lector puede «comprender» los engarces entre unos enfoques y otros y los puntos comunes, pero siempre expuestos por la autora, a diferencia de Laín, con los pies en la realidad de cada día, en los problemas del terreno. De hecho va más allá, en cuanto que la claridad y la honestidad de su propuesta y su vocación pedagógica convierten al libro en una pequeña «escuela de pensar». Para ello organiza los capítulos de su libro en función de diferentes aspectos (o «problemas»): los capítulos de la primera parte versan sobre la salud, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, y en los de la segunda parte se entrecruzan la bioética, la relación de la salud con los medios de comunicación social y las políticas públicas de salud, lo cual, en fin de cuentas, resulta ser uno de los escenarios más visibles de la fase actual del proceso de medicalización. Cada uno de estos capítulos representa un diálogo entre escuelas extremadamente equilibrado y lúcido que busca más los puntos de encuentro que las divergencias.

De esta forma, el libro adquiere un tinte de obra de síntesis y a la vez de aportación esclarecedora. Añade, además, una voluntad didáctica proponiendo lecturas complementarias procedentes de la literatura, del cine y de la pintura. El lector puede abordar el libro de dos modos, o leyéndolo de un tirón o entrando por cualquiera de las partes. Seguro que acabará atrapado en la lectura porque el libro va a sugerirles cosas que sólo hubiesen sido posibles desde la posición distinta y distante de una especialista en el análisis y contextualización de textos. Ese punto de distancia funciona muy bien. Por eso encajan tan bien el pensamiento filosófico de raíces clásicas, cristiano o no, con la fenomenología de los culturalistas americanos y la revisión, a partir de Gramsci, de los análisis marxistas en salud. Disfruten de una obra fascinante e insólita, y del primer manual de Antropología médica en castellano encarado al personal sanitario.