Si tuviéramos que escribir acerca de nuestras experiencias personales tendríamos la libertad de utilizar el lenguaje coloquial y, básicamente, seríamos nosotros mismos la fuente de la información. Sin embargo, en la formación académica y profesional iremos encontrando temas que requieren el uso de material adicional y de formas de redacción que se alejan de la redacción informal. Por ello, es importante familiarizarse con la normativa estandarizada, cada vez más frecuente en la comunidad académica, y, en nuestro caso, con las reglas indicadas por la APA para la redacción, presentación y publicación de trabajos de psicología y otras ciencias afines. Si quisiéramos escribir, por ejemplo, acerca de nuestras interpretaciones de un fenómeno como el comportamiento de las personas frente a la muerte, podríamos acordarnos de experiencias familiares o de anécdotas, pero pronto se nos acabarían las ideas y tendríamos un producto bastante superficial.
Aun si usáramos como complemento lecturas realizadas en el pasado, dependeríamos de nuestra memoria, con el riesgo de olvidarnos algunos puntos importantes y terminar inventando ciertos datos. En contraste, la redacción académica y científica requiere mayor exigencia en el tratamiento de los temas; no podemos fiarnos del recuerdo de algo leído en un periódico, un libro u otra fuente de información. Más aún, esa información podría ser poco fiable, obsoleta o incluso falsa. Las normas que estudiaremos en esta guía han sido propuestas para orientarnos en nuestras investigaciones, y, por más modestas que sean, podrán asegurar una mayor calidad del producto final. Para que el nivel de los trabajos que elaboremos sea más riguroso, se necesita recolectar datos, leer buenos libros y revistas científicas, y en general obtener información complementaria que enriquezca nuestro trabajo académico.
Como ya no dependeremos de nuestra memoria acerca de lo leído informalmente, las lecturas efectuadas con rigurosidad nos llevarán a tomar nota de las fuentes, es decir, de los autores que influirán en nuestras investigaciones o que serán confrontados en ellas. Es práctica habitual en la vida académica leer para obtener información, pues, como se dijo anteriormente, esa información aumenta nuestra capacidad reflexiva y previene la repetición de conclusiones formuladas en el pasado. Si no supiéramos del invento de la rueda, cada día podrían aparecer genios en el mundo que inventen nuevamente la rueda; pero gracias a la información (y obviamente a su continuo uso), no tenemos que inventarla todos los días.
Lo mismo ocurre en la formación académica: se nos expone acerca del estado de la cuestión en nuestra especialidad, vía la lectura de textos actualizados, y además se sugieren caminos que podemos empezar por nuestra cuenta. Pero la lectura y el préstamo de ideas ajenas requiere que cuando las incorporemos en nuestros trabajos, reconozcamos el crédito de quienes las produjeron. En la comunidad académica no es incorrecto tomar ideas de otras personas, pero se exige que cuando lo hagamos, se indique obligatoriamente la fuente. Omitirla nos hace responsables de la falta conocida como plagio.
