Si alguien me hubiera pedido diez años atrás que escribiera un libro como éste, lo habría considerado un loco. Desde entonces sucedieron muchas cosas, y no fue la menor la “expulsión del paraíso” que vivimos en carne propia mi compañera y yo. La misma mañana de mayo del 2004 en que me disponía a iniciar el libro La almadraba, una comitiva infame llegó a entregarme la orden de desalojo. Después de veintisiete años de haber dado lo mejor de nuestras vidas por salvar un trozo de selva prodigiosa (once mil hectáreas de mar y tierra), un burócrata sin alma nos condenaba al exilio. Ante la jueza exhibimos un título de posesión comunal a mi nombre, expedido cuatro años antes de que fonatur llegara a Huatulco.

Llevamos como testigos a varios de los viejos comuneros fundadores de Santa Cruz, que nos habían medido el terreno, y presentamos fotos, libros, revistas y documentos donde se certificaba paso a paso cómo habíamos fundado el Parque Nacional Huatulco (véase video en Youtube: Da Jandra).

Hasta la fecha no hemos cesado de señalar las inconveniencias del proyecto turístico que motivó nuestra demanda: construir en pleno corazón del parque un club de golf, justo en el lugar que ahora ocupa uno de los manglares más privilegiados de la costa del Pacífico mexicano; levantar una ostentosa cortina de hoteles en la playa más bella de todas las bahías huatulqueñas, la única donde aún anida la tortuga laúd (declarada en fase de extinción); y construir más de mil villas en los cerros comprendidos entre las playas de Cacaluta y Maguey, donde en la época de secas se refugian cientos de venados y jabalíes.

Por oponernos a este ecocidio “generador de fuentes de empleo y de progreso”, nos inventaron que habíamos invadido el terreno del parque hacía apenas nueve años (porque saben muy bien que a los diez se adquieren derechos) y que por nuestra culpa no habían podido venderlo (sic). Nunca en mi vida había tenido un problema legal, ignoraba la atmósfera pesadillesca de los juzgados y la magnitud de la corrupción que propicia el juicio escrito. Jueces que se atienen exclusivamente a las astucias y perversiones de abogados inmorales que sólo buscan ganar los casos, sin importarles que las artimañas legaloides desplacen vergonzosamente los imperativos éticos y sociales de la justicia.

Aprendí de golpe que entre la justicia y la legalidad hay un abismo, y que con el juicio oral ese abismo puede salvarse. Al perder la primera instancia, entendí a plenitud la peligrosa desesperación a que son condenados millones de mexicanos. Sin dinero para pagar un abogado de colmillo y garra, y sin la menor opción ante un poder corrupto y soberbio, el ciudadano común sólo tiene dos salidas: resignarse al papel de víctima, o sumarse a las voces de inconformidad que ya están hartas de tanta injusticia. Descarto, desde luego, la ley del talión, por considerarla propia de un estado de barbarie anterior al estado de derecho. Poco después de instalarme en la ciudad de Oaxaca me invitaron maestros de varias facultades de Derecho a hablar sobre mi caso y conocí así las bondades del juicio oral.

Al investigar sobre la naturaleza del juicio oral que recién se estaba implementando en en la República mexicana, llegué al contexto sociohistórico del juicio oral más injusto de la historia: el de Jesucristo. A partir de entonces el tema se fue tornando obsesión, y comprendí encorajado que la teocracia parasitaria que había condenado a muerte a Jesús de Nazaret, tenía mucho en común con la burocracia parasitaria que me había condenado a mí: se trata de los mismos defensores del progreso y el orden que consideran enemigos a muerte a aquellos que piensan distinto a ellos. Escribo este libro como un humilde homenaje a Jesucristo,el hombre más justo que ha existido, y con la esperanza de que el nuevo juicio oral evite que se sigan cometiendo injusticias como la que se cometió conmigo.

Por último, quisiera advertir al lector que este librito no pretende ser un estudio académico, sino una exposición amena y crítica del contexto histórico y los personajes que participaron en el juicio oral más injusto del que tengamos registro. He evitado, por consiguiente, las distractoras notas de pie de página y las eruditas apostillas que considero un obstáculo para el mayor goce y la mejor comprensión del texto, y he conjuntado al final las referencias bibliográficas que me sirvieron para fundamentar lo aquí escrito. Sé que muchos no compartirán la crítica radical contra las teocracias parasitarias que subyace a lo largo de este opúsculo. Pero tengo la esperanza de que, como me sucedió a mí al escribirlo, después de leerlo aprendan a perdonar no sólo a los que piensan distinto sino también, y sobre todo, a aquellos que les convierten la vida en un verdadero via crucis. El que sabe perdonar es el que más evoluciona, y el que más evoluciona es el que más cerca está de Cristo.