Vivimos en un mundo fragmentado en numerosos espacios regionales, profundamente diferenciados entre sí, según condiciones medioambientales, disponibilidad de recursos, densidad de población, etc., y extremadamente desiguales, según niveles de bienestar y de desarrollo socioeconómico. Múltiples indicadores estadísticos lo ponen de manifiesto año tras año.
Todavía sigue vigente la contraposición de un Norte, donde, a grandes rasgos, se sitúan los países más desarrollados, y un Sur ocupado por los países con menor nivel de desarrollo y mayores índices de pobreza. En este mundo fragmentado desde luego que hay regularidades; en él se están produciendo también procesos económicos, tecnológicos, culturales y sociales convergentes que tienden a unificar todo el planeta bajo un único sistema mundo.
Sin embargo, la globalización comercial, financiera y cultural no elimina la existencia de espacios regionales diferenciados. Estos procesos están homogeneizando prácticas comerciales, hábitos culturales, gus-tos y formas de relacionarse, pero la globalización acentúa las relaciones de dependencia, a la vez que profundiza las diferencias y las desigualdades entre las regiones de la Tierra. La raíz de los contrastes y las disparidades entre las regiones del planeta no está solo en la posesión de mayor o menor cantidad de recursos naturales.
Se relaciona, sobre todo, con acontecimientos históricos, con el nivel cultural y de desarrollo técnico de la sociedad, con el grado de eficacia en la gestión de la economía y de los asuntos sociales, con la naturaleza delas relaciones espaciales internas, con el grado de control de las relaciones comerciales, etc. En definitiva, la diferencia fundamental entre unas y otras regiones radica en su mayor o menor capacidad intrínseca para generar crecimiento-economico/" class="es-tm-autolink">crecimiento económico y desarrollo en todos los ámbitos de la economía y de la sociedad, así como para distribuir mejor la riqueza y aumentar el bienestar de toda la población.
