Acercarse al pensamiento de Heráclito y Parménides significa aproximarse al origen de la filosofía, a aquellos que hablaron del lenguaje, hace unos veinticinco siglos; acercarse a los albores de la filosofía a partir de lo que nosotros, hombres del pleno día o quizá del ocaso de Occidente, entendemos habitualmente con ese término. El sentido común considera la filosofía una visión particular, personal o colectiva, del mundo, o de un aspecto del mundo, como cuando se habla de la filosofía de vida de fulano o mengano, de la filosofía de tal partido o de tal casa de moda o de un equipo de fútbol.
O, incluso, se dice «filosofar» en alusión a un uso abusivo de razonamientos abstractos y oscuros que no llevan a ningún resultado y poco tienen que ver con la «realidad»; o se concibe la filosofía como una disciplina cuyo objeto es confuso y, a buen seguro, menos determinado y útil en comparación con el de la economía, la física, la biología o la medicina. Siendo benévolos, la filosofía se considera una forma de sabiduría, una suerte de terapia, más económica, sin duda, que el psicoanálisis, en la que podemos buscar serenidad o consuelo en los espacios de tiempo robados a las horas de trabajo y a los demás quehaceres de la vida cotidiana.
Asimismo, el filósofo, como no podía ser de otra manera, se desentiende de estas definiciones «vulgares» y, sin embargo, desea estar a la última y está preparado para ofrecer una imagen de sí y de su «trabajo», reivindicando para la filosofía él que todo lo sabe, él cuyo pensamiento es tan profundo, casi abisal, que se envuelve en discursos misteriosos el sagrado derecho a hablar de cualquier tema, a expresar su opinión sobre cualquier asunto.
