Lo más importante que la ciencia nos enseña sobre el lugar que ocupamos en el universo es que no somos especiales. El proceso comenzó en el siglo XVI con la obra de Nicolás Copérnico, quien planteó que la Tierra no estaba en el centro del universo, y se aceleró después de que Galileo, a principios del siglo xvII, utilizara un telescopio para obtener la prueba definitiva de que la Tierra es en realidad un planeta que describe una órbita alrededor del Sol.
Con las oleadas sucesivas de descubrimientos astronómicos que se produjeron durante los siglos siguientes, los astrónomos se dieron cuenta de que, del mismo modo que la Tierra es un planeta ordinario, también el Sol es una estrella ordinaria (una de los varios cientos de miles de millones de estrellas que forman nuestra galaxia, la Vía Láctea) y la propia Vía Láctea es tan sólo una galaxia ordinaria (una de los varios cientos de miles de millones que hay en el universo visible).
Llegaron incluso a plantear, a finales del siglo xx, que este universo puede no ser el único. Mientras sucedía todo esto, los biólogos intentaban sin éxito hallar alguna prueba de la existencia de una «fuerza vital» especial que diferenciara a la materia viva de la materia inerte, llegando a la conclusión de que la vida no es más que un conjunto de procesos químicos bastante complicados.
El historiador se encuentra con una curiosa coincidencia: uno de los grandes hitos del comienzo de la investigación biológica sobre el cuerpo humano fue la publicación de De Humani Corporis Fabrica (Sobre la estructura del cuerpo humano) de Andrés Vesalio (Andreas Vesalius) en 1543, el mismo año en que Copérnico publicó finalmente De Revolutionibus Orbium Coelestium (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes). Esta coincidencia hizo que 1543 fiera el punto de partida para la revolución científica que habría de transformar primero Europa y luego el mundo.
Por supuesto, cualquier fecha que elijamos para fijar el comienzo de la historia de la ciencia será siempre arbitraria, y, mi relato, además, está también limitado en el espacio geográfico, lo mismo que en el espacio de tiempo que cubre. Mi propósito es esbozar el desarrollo de la ciencia occidental desde el Renacimiento hasta aproximadamente el final del siglo xx. Esto significa dejar a un lado los logros de los antiguos griegos, los chinos y los científicos y filósofos islámicos, que tanto hicieron por mantener activa la búsqueda del conocimiento de nuestro mundo durante el período que los europeos denominamos «la edad oscura» y «la Edad Media». Sin embargo, también significa narrar una historia coherente, fijando claramente en el espacio y el tiempo el comienzo de la evolución de la visión del mundo que constituye el núcleo de nuestra forma de comprender el universo y el lugar que ocupamos en él actualmente. Y es que la vida humana resulta no ser diferente de cualquier otro tipo de vida existente en la Tierra. Tal como quedó ya establecido en el siglo xIx en las obras de Charles
