Los premios, de una clase o de otra, son como un aliento para la gente. Una cinta, una estatuilla, una medalla, una placa, un diploma…, todo esto significa mucho más que dinero/" class="es-tm-autolink">el dinero. Los competidores de los Juegos Olímpicos de la Grecia luchaban por el honor de obtener una corona de laurel que, idealmente, era la única ganancia material.

El general romano que triunfaba en la guerra también se ceñía una corona de laurel. Algunos monarcas medievales fundaron órdenes de caballería, lo que simbolizaban tales órdenes era más querido por los candidatos que la propia sangre. Napoleón Bonaparte repartía las cintas de la Legión de Honor diestro y siniestro, sabedor de que la esperanza de lograr una y la satisfacción de obtenerla hacía que los hombres siguiesen luchando y muriendo por él.

Los premios Nobel, instituidos en 1901, han conseguido prestigio mundial porque, aparte de la usual medalla, ofrecen una respetable cantidad de dinero. Los premios, no obstante, que más han captado la imaginación popular son las estatuillas de oro concedidas por la Academia de Arte y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, premio de carácter anual, estatuillas que vulgarmente se denominan «Oscar».

Los Oscar, concedidos desde 192 7, se dieron y dan a individuos bien conocidos del mundo entero, por una labor también aplaudida mundialmente. Eventualmente, la ceremonia se televisa en Norteamérica y otros países de nuestro planeta.