Ya me presenté en el primer número de esta publicación, y como todos ustedes lo leyeron y sé que adquirirán este segundo (cierto, ¿eh?) no hay necesidad de repetirlo otra vez. Prefiero considerar lo que podríamos llamar sangre vital de esta revista… o sea sus narraciones. Y en cuanto a las narraciones dependemos de ustedes, los lectores. Sí, de ustedes.

Existe una especie de seres humanos llamados autores de ciencia-ficción, y les aseguro que los conozco bien. Yo soy uno de ellos y llevo siéndolo durante bastantes años, por lo que puedo asegurar que somos las mejores personas del mundo. Sin embargo, y este es el punto crucial, ni uno solo de nosotros nació señalado ya como escritor de ciencia-ficción. Al principio, cada uno de nosotros solo fue lector de ciencia-ficción.

Yo lo fui. Yo fui lector de ciencia-ficción nueve años antes de publicar un relato de ciencia-ficción y convertirme con ello en escritor de ciencia-ficción. Encaremos este asunto desde otro ángulo. ¿Es posible ser lector de ciencia ficción sin desear al menos ser escritor de ciencia-ficción? Naturalmente, al decir «lector de ciencia-ficción» no me refiero al individuo que lee alguna novelista de vez en cuando, sino a aquel para quien la lectura de ciencia-ficción es como una dieta diaria, el que se suscribe a revistas, repasa bien los libros y los estantes de las librerías, y conoce de memoria el nombre de todos los autores del género.