Todos los entusiastas de la ciencia-ficción tienen la ocasión de defenderla cuando es atacada o puesta en duda desde fuera de la profesión. Yo he tenido muchas ocasiones de hacerlo, porque llevo en este campo mucho más tiempo que todo el que tenga algo más de treinta años, y porque soy un miembro destacado e integrante del mismo. Hay una larga serie de puntos de alabanza que puedo repasar y seleccionar.

Raras veces digo, porque es demasiado especializado y restringido para el público en general, que ofrece una oportunidad sin parangón al escritor de ciencia-ficción. Consideremos por un momento que la humanidad tiene a sus espaldas unos cinco mil años de literatura y que en la misma se cuentan algunos escritores que lo han hecho condenadamente bien, tanto al sondear la condición humana como en la interacción hombre/mujer/universo.

Desde Homero a Bellow, pasando por Virgilio, Shakespeare y Cervantes, ha habido varios genios en la literatura. Por consiguiente, lo difícil para los modernos escritores es poder decir algo nuevo. Ahí es donde aparece como tabla de salvación la ciencia-ficción, que nos permite abandonar el universo de Homero y Shakespeare y echar una ojeada a algo nuevo, al Universo que todavía nadie ha experimentado y que puede existir en la fértil imaginación de los que, con talento y práctica, pueden construir un mundo estremecedor sacado de la nada.

Sí, Homero creó el Olimpo y sus deidades, y los escritores de la ciencia ficción crean lo que no existe, pero el autor de la ciencia-ficción tiene una tarea especial. Juega su partida respetando las reglas, mejor que el escritor de fantasía, el mitólogo y el embustero corriente. El escritor de ciencia-ficción acepta la forma del Universo, las «leyes de la naturaleza», y trabaja dentro de sus límites. Y el resultado es que el escritor de ciencia-ficción tiene la oportunidad, que los demás no tienen, de anticipar, de que algún día pueda ser realidad aquello que solo se ha creado en su imaginación.