En 1959, cuando apareció este libro, la palabra «causalidad» había caído en desuso en los medios científicos y filosóficos . En los primeros se sostenía que la física cuántica había sustituido la causalidad por el azar; y en los segundos se aseguraba que el concepto era «metafísico», puesto que el nexo entre causa y efecto es inobservable. Por estos motivos la publicación de este libro causó cierta sensación en los medios académicos norteamericanos y europeos. Fue reeditado dos veces , la última en 1979.
Asimismo, fue reseñado en muchas revistas científicas y filosóficas, y traducido al alemán, castellano, húngaro, italiano, japonés, polaco y ruso. Desde entonces se han publicado muchísimos estudios sobre el tema. Yo mismo lo he retomado en el tercer tomo de mi Treatise on Basic Philosophy (Dordrecht-Boston: Reidel, 1977), y en mi artículo «The reviva! of causality» , incluido en el segundo tomo, págs. 133-56, de Contemporary Philosophy, compilado por Guttorm Flistad (La Haya-Boston: Martinus Niijhoff, 1982). En estas publicaciones he intentado exactificar la relación causal con ayuda del formalismo del espacio de los estados. En estos textos también he criticado la tentativa de reducir la causalidad a la probabilidad.
He hecho notar que muchas veces , cuando se calcula o mide la probabilidad de que el evento C sea seguido por el evento E, se supone tácitamente que E es efecto de la causa C. En resumen, pues, el problema de la causalidad sigue teniendo tanta actualidad como cuando Aristóteles lo trató sistemáticamente por primera vez . Lo que han cambiado son los planteas del problema y las soluciones que se le han propuesto. Es plausible suponer que tanto los primeros como las segundas vuelvan a cambiar a la luz de avances científicos y filosóficos. Esta mutabilidad es característica de los problemas filosóficos importantes.
