La vida, el tiempo y la muerte han sido, hasta épocas recientes, temas propios de la filosofía. Sin embargo, puesto que la física poseinsteiniana ha colocado al tiempo como una dimensión de la materia, tal circunstancia implica una revisión a fondo de nuestra concepción de estos temas a la luz de las más nuevas teorías científicas.

El texto describe como en el siglo pasado los científicos comenzaron a explicar que la enorme complejidad del mundo biológico, tal como lo vemos hoy, es el producto de una evolución, es decir de un proceso por el cual las moléculas del planeta se fueron asociando e interactuando en reacciones que dieron origen a organismos muy simples, que luego fueron cambiando y diversificándose hasta generar culebras, higueras, eucaliptos y hombres.

Los evolucionistas renunciaron a aceptar la participación divina y a invocar a factores extra físicos, del tipo que habían estado invocando las corrientes denominadas animismo y vitalismo, pero se encontraron con escollos casi insalvables. Los físicos descubrieron muy pronto que las enseñanzas de la termodinámica trascienden en mucho su humilde papel de «economista» de los procesos industriales, y que su campo no se limita a las máquinas construidas por los hombres, sino que además les permite comprender la maquinaria fundamental de la naturaleza. En otros términos, les fue brindando una descripción no solamente de calderas y barrenos, sino también de los procesos naturales. Muy pronto resultó claro que si los biólogos aspiraban a dar explicaciones físicas de la vida, deberían atenerse a los principios termodinámicos.

El tema es amplio y complejo, pero los autores logran, con un mínimo de tecnicismos, una magnífica exposición sobre estos temas.