Conviene no confundir el mapa con el territorio. Un mapa es una representación esquemática del territorio. Como tal, proporciona abundante información acerca del mismo, pero no es el territorio. El territorio, en nuestro caso, serían las actividades que comportan la entrada en escena de la propiedad de algunos seres vivos, a la cual denominamos pensar. Pero nada más decir esto, nada más aludir a las actividades que comportan “pensar”, debemos ya introducir algunas especificaciones. La primera es que no estamos en condiciones de afirmar que los únicos seres vivos a los cuales se pueden atribuir actividades relacionadas con, o relativas a, “pensar” sean los seres humanos (Byrne, 1995; Griffin, 1986; Riba, 1997; Walker, 1983). Sin embargo, aquí vamos a limitarnos al estudio del pensar humano, excluyendo, por tanto, a otras especies. La segunda aclaración que hay que introducir de inmediato es que el hecho de que aquí vayamos a concentrarnos en las actividades que comportan pensar en modo alguno significa que estas actividades estén desgajadas de otras funciones o capacidades, como recordar, sentir, imaginar, percibir, aprender, hablar, actuar, etc.

Quizá debiéramos decir que vamos a concentrarnos en aquellos aspectos de las actividades o funciones psicológicas que parecen eminentemente relacionados con el pensar. La idea de la inseparabilidad del pensar de otras actividades es antigua y sólida. Herder, en el siglo XVIII, lo expresaba así: Como puede suponerse, asumir el carácter integral e integrado de la actividad humana para, a continuación, concentrarse en ciertos aspectos de esa actividad implica que el territorio empieza, inevitablemente, a convertírsenos en mapa. ¿De qué vamos entonces a ocuparnos? ¿Qué vamos a entender por “pensar”? Empecemos por subrayar que algunos investigadores consideran que el significado de pensar es lo que llaman un “primitivo semántico” y, por tanto, un concepto universal e innato. Anna Wierzbicka (1996) viene desarrollando una investigación lingüística centrada especialmente en el estudio de la semántica, es decir, del significado.

Su tesis principal es precisamente la de la existencia de un reducido conjunto de significados que serían universales e innatos, y que estarían presentes por ello mismo en todas las lenguas humanas. La última lista propuesta (A. Wierzbicka, 1996) de esos significados fundamentales, que pueden luego dar origen a otros muchos, contiene cincuenta y cinco ítems. Aquí no vamos a exponer en detalle su teoría ni a discutirla, pero sí que es oportuno destacar que entre esos primitivos semánticos se propone la presencia de un pequeño subconjunto de “predicados mentales”, es decir, de conceptos de referencia netamente psicológica. Entre otros muchos conceptos que no son primariamente psicológicos, como más, ahora, muchos, bueno, malo, ocurrir, lejos, antes, después, dentro, etcétera –hasta el total de cincuenta y cinco que conforman, se propone, esa lista de primitivos semánticos–, figuraría ese pequeño subconjunto de “predicados mentales”.

Los significados integrantes serían éstos: ver, oír, conocer, querer, sentir y pensar. La implicación de este punto de vista, que, aunque pueda parecerlo, no está necesariamente enfrentado a posiciones teóricas próximas a resaltar la importancia de la cultura para la comprensión de los fenómenos psicológicos, es que alguna noción relativa a pensar es un constituyente de significado primordial para la especie humana. Sin presuponer que en todas las lenguas los términos correspondientes a pensar signifiquen exactamente lo mismo, sin variación cultural, histórica ni teórica alguna, la implicación sí que es la de que todos los seres humanos, de cualquier cultura, en cualquier momento histórico, poseen a menos algún rudimento de lo que se ha dado en llamar psicología popular, es decir, algún conjunto de nociones relativas al orden general de lo psicológico y el concepto de pensar, junto con los otros mencionados, formaría parte del núcleo más básico de cualquiera de esas psicologías populares. Por lo que aquí nos concierne, no se trata de ir a una definición universal de pensar como primitivo semántico.

En la medida en que se entiende de esta manera, se hace imposible la definición y se cae, cuando se intenta, en notorias circularidades. Los primitivos semánticos ayudan a configurar y a definir otros conceptos a los que dan lugar, pero, precisamente por eso, se entienden como indefinibles ellos mismos, lo que no querría decir que no se entiendan. La posición teórica de Wierzbicka la previene de “intentar definir algo que es claro mediante algo que es oscuro, y algo que es simple mediante algo que es complejo” (A. Wierzbicka, pág. 49). Pero para nosotros, una vez asimilada esta teoría que hace de la atribución de pensamiento entre los seres humanos algo básico y universal, se hace necesario avanzar hacia definiciones de pensar no ya universales, sino localmente culturales, y no de significado primitivo, sino más bien de significado teórico, cultivado.

Empecemos por definiciones comunes, de diccionario. Podemos encontrar que pensar se define como “imaginar, considerar o discurrir”, “reflexionar, examinar con cuidado una cosa para formar dictamen” (Diccionario de la Real Academia Española, 1970). Según el American Heritage Dictionary, “pensar es formular mentalmente algo, razonar sobre algo, reflexionar, ponderar”. En estas definiciones pensar se toma en un sentido muy amplio, un sentido que probablemente abarca todas las actividades cognitivas inteligentes (que desde luego incluyen la memoria, la percepción, el aprendizaje, etc.), y que se corresponde con el significado que frecuentemente atribuimos al término pensar en los usos de la vida cotidiana. En ese significado amplio, que coincide con el que empleaba Herder en la cita precedente, prácticamente se equiparan pensamiento y actividad mental consciente. Hay, sin embargo, un significado más restringido, y más próximo, por tanto, a un significado “técnico”, en el que pensar se refiere únicamente a las más complejas de estas funciones cognitivas.

No habría que olvidar en este punto que, desde la filosofía griega, nuestra cultura, incluida la cultura científica, está impregnada de una concepción jerárquica de la mente, cuya cima está ocupada por el pensamiento, asociado estrechamente a la idea de conocimiento y a la idea de racionalidad. Desde esta perspectiva, las actividades nucleares o más específicamente definitorias y representativas de pensar son las que comportan hacer cosas tales como categorizar, razonar deductiva e inductivamente, solucionar problemas, juzgar, tomar decisiones e inventar.