Hay libros que hablan muy bien por sí mismos, por ello, a veces un prólogo puede llegar a ser innecesario. Es lo que ocurre con este texto de Martha Bardaro, escrito hace más de diez años, cuando la autora tuvo que enseñar filosofía a alumnos que nunca habían visto filosofía. Y lo que empezó como un apunte fragmentado, escribiéndolo después de cada una de sus clases, se convirtió en una original propuesta para la iniciación filosófica.

Y digo original, porque para escribirlo se valió de dos criterios casi inusuales en este quehacer, y me refiero aquí al filosófico como ejercicio de vida, explícitos en unos pocos versos de Joan Manuel Serrat y Antonio Machado: “… Pero puestos a escoger -dice Serrat- soy partidario de las voces de la calle más que del diccionario…” y aquellos muy conocidos de Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar…” Así se presentaba Martha Bardaro en sus primeras clases y así lo podemos ver ahora en su trabajo.

Son criterios claros y utilizados con coherencia en esta antropología en construcción en uno de los ámbitos más propicios: el ámbito de lo cotidiano, allí donde se escuchan muchas voces, en general poco o nada académicas, pero sí profundamente humanas. Al leerlo -o al asistir a sus clases, los que alguna vez tuvimos la oportunidad-, ya desde el principio y casi inadvertidamente, nos encontramos en plena reflexión compartida sobre temas siempre vigentes en el alma de los hombres y los pueblos: la soledad, el amor, lo sagrado, la muerte, el mundo y la aldea.

Y para esto no solo se vale de la filosofía, de aquella filosofía con pretensiones de asepsia, incontaminada de lo cotidiano, las más de las veces hermética e incomprensible para los no especialistas, sino que también recurre -heterodoxa y muy ricamente- al tango, la poesía, la literatura, la política, a experiencias individuales y colectivas, de ejemplificaciones que se sirven de un familiar paquete de cigarrillos para explicar el mundo hasta la cibernética y su relación con el hombre.

Desde algún claustro podrá decirse: “pero esto no es verdadera filosofía”. ¿Podemos afirmar que hay una filosofía verdadera y otra falsa, una auténtica y otra inauténtica? ¿Quién legitima la verdad y la falsedad? ¿Sobre qué base se califica y descalifica? Las respuestas a estos interrogantes deberán ser dadas por cada uno de los lectores según sus propias vivencias y necesidades.

No obstante, a lo que cada uno puede responderse, señalo aspectos que creo más que suficientes para refutar una posible descalificación. A través de copias parciales, copias manuscritas, fotocopias y fotocopias de fotocopias, algunas muy borrosas y ajadas por el uso constante, este material fue utilizado por cuatro promociones de alumnos como base para nuevas reflexiones; también por profesores de otros establecimientos, no solo en el interior de la provincia de Chaco, sino también en escuelas y colegios de Formosa, Misiones, Corrientes; por maestros de a, especialistas de otras disciplinas y alumnos de otras carreras. Me consta de su lectura porque personalmente recibí y recibo testimonios de la significación que tiene para sus respectivos estudios o trabajos.