Las personas no somos muy distintas de los árboles: nacemos y crecemos a partir de una minúscula semilla, siguiendo el curso de nuestra naturaleza. Brotamos hojas y flores y, cuando estamos maduras, producimos frutos. Como en el caso de las plantas, nuestra salud y desarrollo dependen en gran medida de las condiciones del entorno: la luz, los nutrientes de la tierra, el grado de humedad, la temperatura, la calidad del aire, las especies e individuos que nos rodean Ningún ser vivo se encuentra aislado en este planeta: estamos en íntima y constante interacción con un entorno que nos transforma y al que, con nuestra presencia y actividades, transformamos a un tiempo.
Entendida en un sentido amplio, la noción de «entorno» abarca absolutamente todo lo que nos constituye. No es un simple escenario inerte, sino algo vivo y cambiante que incluye el medio ambiente natural (aire, sonido, vegetación..) y el construido (edificios, aulas, calles ), los vínculos afectivos, los estilos de vida, los hábitos (alimenticios, de transporte ), las creencias y valores culturales, e incluso la relación con el propio cuerpo. 1 Sabemos por los estudios de biología genética que los seres humanos somos en extremo sensibles al entorno; más independientes de la herencia genética que, por ejemplo, nuestros parientes chimpancés. Esta sensibilidad es quizá nuestra mayor riqueza y al mismo tiempo nuestra principal debilidad.
Debido a la bipedestación, nacemos más frágiles y dependientes que otras especies y nuestro desarrollo cerebral no alcanza su madurez completa hasta, aproximadamente, los 17 años. Esta capacidad para retener las características infantiles más allá de la madurez sexual (que biólogos y antropólogos denominan «neotenia») nos ha permitido desarrollar un encéfalo de mayor tamaño que otras especies. Gracias a nuestra condición de organismos abiertos, inacabados, nuestro cerebro posee esa famosa plasticidad neuronal, que es la base de nuestras casi «ilimitadas» capacidades de aprendizaje.
