Con este libro Kostolany hace realidad un antiguo deseo suyo: escribir lo ocurrido en su vida, rica en aconteceres de su conocimiento funcional y en experiencias alimentadas a su «OP» (Ordenador Personal), como él mismo señala humorísticamente. Al mismo tiempo aborda los muchos problemas planteados en el transcurso de doce años en nuestros seminarios bursátiles.
Encontré por primera vez a Kostolany en un congreso sobre inversiones en el Banco Hipotecario Bávaro. Un consejero del Ministerio de Economía de Bonn había explicado las funciones preventivas de la nueva ley de inversiones en el extranjero y destacado la utilidad del fondo como instrumento inversionista. Empleó entonces la imagen de quien no podía utilizar el automóvil propio y precisaba utilizar un autobús, y aquel papel era el que jugaba el fondo para los pequeños ahorradores que no podían o no querían adquirir acciones. «Pero ¿saben si los chóferes extranjeros de los autobuses están en posesión de un carnet de conducir?», preguntó un caballero del público. Su rostro me resultó familiar, pues ya durante mis años en Nueva York me había llamado la atención Kostolany como columnista de Capital, que adquiría aquí y allá. Decidí aprovechar la oportunidad para establecer una relación personal con él.
Había escrito en una ocasión que a los alemanes les faltaban treinta años de experiencia en inversiones, pues de otra manera no hubieran caído en el tráfago del OIS, sobre el que él había sido uno de los que más vehementemente les había advertido. No sólo compartía yo su opinión, sino que me imponía su talante impávido. Le formulé la pregunta de si estaría preparado para poner su experiencia de más de cuarenta años (entonces), que abarcaba incluso la gran bancarrota de 1929, a disposición de la práctica daría de ésta manera contrarrestar la falta de experiencia de los alemanes.
